A veces, pocas, me da un brote de querer cocinar algo especial. Como tecnófilo que soy aunque romantice con ser ludita, saco mi Thermomix, abro mi Cookido (¿cómo puedo seguir pagando una suscripción por esto?), y me pongo a buscar. Eso me gusta a mí… pasitos claros, guiados, con gramos y medidas exactas que me garanticen un pollo al curry tal y como lo diseñó un becario alemán. Una receta determinista. Si en un chispazo me pongo creativo y cambio algo, luego estoy nervioso y cuando lo pruebo siempre pienso que algo ha salido mal. Pero casi siempre, al final…¡sale bueno! ¡casi siempre sale bueno! No me siento especialmente orgulloso, no he aprendido gran cosa para el próximo plato, pero me arregla una comida.
Mi madre no es así. Mi madre no tiene Thermomix. Ella no sabe cuantos gramos de tomate llevan las albóndigas ni cuantos mililitros de agua lleva el emblanco. Su báscula son unas manos arrugadas y unos ojos con cataratas. Pero yo observo divertido cómo mi Thermomix se esconde, avergonzada, cuando ella viene a casa.
¿Y porqué? Quiero decir. Sí, es mi madre y sus platos me traen recuerdos, van cargados de cariño y amor y eso un hijo imagino que lo saborea. Pero ¿es sólo eso? ¿Es únicamente pura psicología? Yo creo que no. Yo creo que mi madre cocina mejor que la Thermomix, y lo hace de forma natural y no determinista. Si no tiene A echa B y sale igual de rico mientras que yo no me atrevo a llevarle la contraria al Cookido. Yo creo que en parte, los miles de años de cocina manual han dejado algo en ella que en mí no, y se nota.
La IA y el desarrollo
Hace unos días ha habido un notición en el ámbito tecnológico y matemático pues OpenAI parece haber resuelto, con 10.000 agentes de IA, uno de los conocidos como “7 Problemas del Milenio”: la prueba de la existencia y suavidad de las soluciones para las ecuaciones de Navier-Stokes: un problema sumamente complejo sobre cómo se comportan los fluidos.
A parte del impacto científico, este descubrimiento se ha visto envuelto por dos dramas: el del debate sobre la autoría y ética de este descubrimiento en particular, y otro más profundo e interesante acerca del daño que puede hacer al desarrollo científico el hecho de que millones de agentes de IA empiecen a resolver todos los problemas para los que los humanos llevamos preparándonos siglos.
En A Severe Misalignment of AI and Mathematics, Terence Tao (uno de los mejores matemáticos de nuestra era) y otros 24 medallas Field explican cómo durante siglos los matemáticos, en su afán de resolver problemas, han ido descubriendo y creando una serie de ideas, métodos, abstracciones y herramientas que han permitido el desarrollo científico y tecnológico que hoy disfrutamos. No siempre ha sido la solución a un problema lo que ha permitido el progreso, sino el camino para llegar a ella: las discusiones, los fracasos, las revisiones, los artículos, las presentaciones, etc. Estos matemáticos reivindican que el desarrollo de la IA no debería acabar perjudicando el desarrollo del puro intelecto humano, sino que debe potenciarlo.
Esto no es nuevo. Ya lo dije yo hace años en un bar:
antes uno se sabía los teléfonos de toda la familia y amigos, y ahora con los móviles no nos sabemos ni el nuestro.
Pablo Reyes con una caña en la mano
Y yo… ¿qué pienso de esto? Resulta que no lo tengo claro. Por un lado, pienso que el desarrollo masivo que puede traer la IA a la ciencia es netamente beneficioso. Si hablamos de medicina o farmacología, casi ninguno tenemos dudas: Si mañana una IA encuentra la cura para el Alzheimer, poco importará las oportunidades de aprendizaje que hayamos perdido. Creo que es, principalmente, porque los beneficios de esos avances podrían tener un efecto inmediato y mejorar la vida de millones de personas, y los aspectos negativos son difíciles de ver. Pero cuando hablamos de algo tan fundamental como las matemáticas o las albóndigas en salsa… Dudo.
Recuerdo que leyendo Sapiens, Harari explicaba cómo la revolución agrícola permitió que nos multiplicáramos y expandiéramos, pero a costa de vivir peor como individuos. La Especie Humana había elegido un camino que le convenía como especie, pero no como personas. No se aún cómo casar eso con lo que vivimos ahora, pero siento que desde algún ángulo hay una relación. La mayoría de nosotros ya perdimos el contacto con el campo y los animales. Olvidamos cumpleaños y números de teléfono. Uso un robot de cocina para hervir arroz porque no me fío de contar bien los minutos. Hemos perdido conocimientos en favor de una vida más sencilla. ¿No es esto lo contrario de lo que explicaba Sapiens? ¿O en el fondo es lo mismo?
Lo que sí creo es que, si por alguna casuística nos salvamos de la aniquilación de toda la humanidad y la IA se desarrolle al ritmo al que parece se desarrollará, el ritmo al que viviremos estas transformaciones será mucho más alto. Aún no se si para bien o para mal.
Ahora la IA, para mi, es un juguetito nuevo que me permite aprender nuevas herramientas y probar nuevos modelos cada día, desarrollar como nunca mis proyectos personales, volver a interesarme por Linux tras un parón de 12 años, pero… ¿cuánto durará esto? ¿Y cuando no deba elegir arnés, ni modelo, ni router, ni ningún otro tooling? El desarrollo de software siempre ha sido una vía de escape para mi. He pasado miles de horas programando, montando entornos y probando configuraciones. Hoy aún estamos en un momento en el que se puede trastear, cacharrear, mejorar procesos, probar herramientas que compiten por ser la mejor… ¿Pero y cuando ya no sea así? ¿Para qué voy a sentarme en el ordenador? ¿Perderé el interés por todo esto? ¿Tendré alguna ventaja con los ordenadores frente al vecino?
Siento que estoy ahead of the curve con esto de la IA, aunque tampoco tengo muy claro hacia dónde voy con tanta prisa. Estoy seguro de que me vendría mejor pasar más tardes con mi madre aprendiendo a hacer albóndigas.